
Hay momentos en la vida en los que Dios nos invita a detenernos, mirar hacia atrás y reconocer todo lo que Él ha hecho en nuestro camino. Hoy fue uno de esos días.
Después de casi un año de cambios profundos y decisiones que transformaron por completo mi vida, tuve la oportunidad de reencontrarme con una querida amiga costarricense que vive en Arizona. Ella vino de visita a Costa Rica junto a su hermosa hija, quien además es amiga de mi hija, Aby.
Compartimos una tarde llena de recuerdos. Reímos, recordamos anécdotas y volvimos, por un instante, a aquellos años en los que viví en Arizona. Hablamos de Prescott Valley, de Tempe, de Phoenix, de los lugares que marcaron una etapa muy importante de mi vida. En ese tiempo, Lore era prácticamente mi única amiga costarricense en Estados Unidos. Su amistad fue un regalo de Dios en medio de una época de grandes cambios.
Mientras conversábamos, comprendí que Arizona fue mucho más que un lugar donde viví. Fue el escenario donde Dios comenzó una profunda obra en mi corazón.
Muchos piensan en Arizona y lo primero que imaginan es el desierto. Yo también lo veía así al principio. Sin embargo, con el paso del tiempo entendí que Dios también habla en el desierto.
Fue allí donde descubrí Su grandeza en medio de paisajes inmensos y cielos infinitos. Aprendí a escuchar Su voz, pero también aprendí a abrazar Su silencio. Y, aunque parezca contradictorio, fue precisamente ese silencio el que más transformó mi vida.
En esos momentos comprendí que Dios no siempre responde de la manera que esperamos, pero nunca deja de trabajar en nuestro corazón.
Uno de los mayores aprendizajes que recibí fue entender el verdadero significado de la obediencia.
Como seres humanos hacemos planes. Soñamos, organizamos nuestro futuro y luchamos por alcanzar aquello que creemos mejor para nosotros. Sin embargo, muchas veces Dios tiene un propósito mucho más grande del que somos capaces de imaginar.
La Escritura lo expresa con una sencillez extraordinaria:
«Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados.»
Proverbios 16:3
Con el paso de los años he descubierto que obedecer a Dios no siempre es sencillo.
La obediencia muchas veces nos lleva por caminos que no entendemos, nos invita a renunciar a la comodidad y nos enfrenta a decisiones que desafían toda lógica.
El año pasado tuve que tomar una de las decisiones más importantes de mi vida.
Podía permanecer en un lugar donde me sentía segura, donde todo parecía estable y predecible, o podía responder al llamado que Dios estaba poniendo en mi corazón.
Elegí obedecer.
No fue una decisión impulsiva ni fácil. Significó dejar atrás una aparente estabilidad para caminar hacia lo desconocido.
Y, para ser completamente honesta, todavía sigo caminando en ese territorio donde no siempre conozco el siguiente paso.
Hay días en los que surgen preguntas. Días en los que aparece el miedo. Días en los que la incertidumbre quiere ocupar el lugar de la paz.
Pero en medio de todo eso hay una verdad que permanece inquebrantable:
Dios nunca me ha abandonado.
He aprendido que la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que sí las tiene.
No necesito conocer todo el mapa cuando camino de la mano del Autor del camino.
Quizá tú también estés atravesando un valle.
Tal vez estás enfrentando una decisión difícil, esperando una respuesta o caminando por un sendero que parece incierto.
Si ese es tu caso, quiero decirte algo que nace desde mi propia experiencia:
Confía en Dios.
Aunque no entiendas el proceso.
Aunque no veas el final.
Aunque el miedo quiera convencerte de volver atrás.
Dios sigue siendo soberano.
Él conoce el propósito de cada paso, incluso cuando nosotros apenas alcanzamos a ver el siguiente.
Hoy miro hacia atrás y comprendo que muchas de las decisiones que más temor me produjeron fueron precisamente las que Dios utilizó para transformarme, fortalecer mi fe y acercarme más a Su corazón.
Por eso creo profundamente en la obediencia y la promesa.
Porque detrás de cada acto de obediencia hay un Dios fiel que cumple lo que promete.
Quizá Sus tiempos no siempre coincidan con los nuestros.
Quizá Su camino no sea el que imaginábamos.
Pero Su voluntad siempre será mejor que cualquier plan que podamos construir por nuestra propia cuenta.
Gracias por acompañarme en este viaje.
Gracias por formar parte de esta comunidad donde caminamos juntos de regreso al alma, a la fe y a la esperanza.
Con cariño,
Johanna Marín
El Viaje de Volver a Mí
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