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  • Bienvenidos!

    El viaje de volver a mí… y tal vez a ti

    Entre pasos, pausas y preguntas, decidí volver.
    Volver a lo que soy. A lo que siempre estuvo.
    Este blog nace desde esa búsqueda íntima:
    un rincón donde comparto lo que me mueve, me sana, me transforma.

    Aquí hablo de espiritualidad vivida, de experiencias profundas y de lo que significa crecer por dentro.

    Si algo de esto te toca el alma, entonces este espacio también es tuyo.

    Mi nombre es Johanna Marín. Durante más de 20 años me he dedicado a auditar empresas en sus procesos y resultados, pero fue en el silencio del desierto de Arizona donde comencé la auditoría más reveladora e importante que he hecho hasta hoy: la de mi propia alma.
    Estoy en el camino de regreso a mí. A mi esencia. A Dios.
    Y en este espacio comparto ese viaje interior, marcado por la fe, el autoconocimiento y la sanación. Lo hago desde mi experiencia como madre, inmigrante y mujer profesional que un día decidió dejar de sobrevivir y comenzar a vivir con propósito.

    He creado este espacio para compartir mi viaje espiritual y cómo Dios ha ido transformando mi vida, dándole un propósito más profundo y revelador.

    A través de sueños y pasajes bíblicos, he comenzado a ver un nuevo camino. He conocido a un Dios que habla en el silencio, en la soledad, sin ruido… pero con poder. Un Dios que se manifiesta sin intermediarios, sin compañía humana, solo Él y yo.
    Y en ese encuentro íntimo, todo ha comenzado a tener sentido.

    Fue en medio del desierto —no solo el geográfico, sino el del alma— donde Dios me encontró.
    No vino con grandes truenos ni milagros visibles, sino con susurros, señales, sueños… y una promesa que aún me arde en el corazón:

    “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?
    Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.”

    (Isaías 43:19).

    Gracias por estar hoy aqui y por leer este mensaje. Dios te bendiga.

    Bienvenid@ al viaje.

    
    
  • “Por sus llagas fuimos sanados” (Isaías 53:5)

    Comienzo con este pasaje porque he comprobado que Dios nos sana de muchas maneras. No solo en el plano físico, sino también en lo más profundo del alma, en lo espiritual, en esas zonas del corazón donde nadie más puede llegar.

    Hace algunos años fui diagnosticada con una enfermedad poco común llamada Espondilitis Anquilosante. Es una enfermedad autoinmune, reumática y crónica, de causa desconocida, que afecta principalmente la columna vertebral, los ligamentos, las zonas cervical y lumbar, y las articulaciones sacroilíacas. También puede extenderse a otras áreas del cuerpo como la cadera, las rodillas, los hombros e incluso los ojos.

    Recibir ese diagnóstico fue uno de los momentos más difíciles que he atravesado. Durante más de ocho meses viví con dolores intensos que me obligaron a dejar de trabajar. Fue en el año 2021, un tiempo realmente duro. Sin embargo, hoy, en 2025, aunque la enfermedad sigue presente en mi cuerpo, puedo decir con certeza que Dios ha cumplido lo prometido en Isaías 53:5. Me siento sana. Y esa sanidad ha venido a través de mi búsqueda espiritual, porque en el camino hacia Él, he ido sanando también mis emociones… y con ellas, mi cuerpo.

    Así es: Dios, a través de los procesos del alma, nos transforma. Nos sana las heridas invisibles: traumas, angustias, dolores emocionales. Y esa sanación interior, muchas veces, también se manifiesta en lo físico.

    Quiero compartir también el testimonio de una querida amiga que vive con una enfermedad muy injusta: ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Esta enfermedad es devastadora, ya que las personas que la padecen comienzan a perder la movilidad de las manos, los pies, el habla y, eventualmente, de todo el cuerpo. Afecta las neuronas del cerebro y de la médula espinal, haciendo que el cuerpo pierda control muscular. Aun así, mi amiga, con solo 48 años, vive cada día como si fuera un regalo sagrado. Lo vive con gratitud, con amor, con valentía… con la ilusión de que cada día que Dios le concede tiene un propósito. Y ese propósito, muchas veces, está más allá de lo que el entendimiento humano puede imaginar. Ella cuando recibio su diganostico se refugio en este versiculo que se los quiero compartir:

    2 Corintos 12:9 : “ Y me ha dicho: Bastate mi Gracia ; por que mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriare mas bien en mis debilidades , para que repose sobre mi el  poder de Cristo”

    Con testimonios como estos, solo puedo afirmar que Dios es bueno. Y aunque las enfermedades físicas nos desafíen, todo se sobrelleva de otra manera cuando Dios habita en nuestro interior. No siempre es fácil. Nuestra humanidad grita a veces que no es justo. Pero al final del día, sabemos que Dios está obrando en medio de nuestras debilidades, y que es Él quien tiene el control, quien tiene la última palabra sobre lo que estamos viviendo.

    Así que, si estás atravesando una enfermedad, no la tienes que aceptar , no la tienes que odiar, dejala ir. Entrégasela a Dios, porque Él es capaz de transformar el dolor en alivio, la angustia en esperanza, y la dificultad en una oportunidad para ver su bondad en todo lo que hace.

    Que Dios te bendiga y te sane desde lo más profundo del alma, para que tu espíritu reconozca que Él sigue siendo fiel… incluso en medio de la dificultad.

  • El silencio que hablabla.

    Hubo un momento en el que todo afuera se calló. Las voces que antes llenaban mis días –personas, rutinas, expectativas, distracciones– se fueron apagando una a una. Y al principio, lo admito, ese silencio dolía. Tenía el sabor del abandono. El eco de todas las veces que me perdí de mí.

    Pero entonces ocurrió algo extraño.

    En ese mismo silencio, empecé a escuchar.
    No con los oídos. No con la mente.
    Escuchar desde otro lugar.

    Al principio eran susurros.
    Una sensación. Una certeza sin lógica.
    Un sueño con símbolos que no entendía, pero que me despertaba con el corazón latiendo fuerte, como si alguien me hubiese hablado mientras dormía.
    Plumas en el suelo. Palabras repetidas en canciones. Un número que se repetía en relojes, matrículas, recibos.

    Y comprendí… que el silencio hablaba.
    Y lo que decía era: «Estoy aquí. Nunca estuviste sola.»

    Dios, lo invisible, lo eterno –como cada quien lo quiera llamar– empezó a dejar migas de pan en mi camino.
    No fue una gran aparición. No hubo rayos ni milagros de película.
    Fue algo más íntimo. Más constante.
    Una presencia sutil que me abrazaba cuando nadie lo hacía.

    Cada vez que el mundo me cerraba una puerta, una señal me decía: “Confía”.
    Cada vez que me caía, soñaba con volar.

    Y así supe que lo que parecía vacío era, en realidad, un espacio sagrado.
    El espacio donde lo divino podía por fin entrar.

    Hoy ya no le tengo miedo al silencio.
    Es ahí donde Dios me habla.
    Es ahí donde me vuelvo a encontrar.

  • El viaje de volver a mi

    El viaje de volver a mi

    Este no es solo un blog. Es un espacio sagrado. Un cuaderno de ruta, una bitácora del alma.

    Aquí comparto mi viaje: el de volver a casa, a mí misma. A ese lugar interno que, a veces, entre el ruido del mundo y las exigencias de ser “todo para todos”, dejamos de escuchar.

    Escribo sobre lo que me transforma. Las experiencias que me rompen y me arman. Los silencios que me hablan más que mil voces. Y esa espiritualidad cotidiana que no vive en dogmas, sino en los pequeños momentos en los que siento que estoy exactamente donde debo estar.

    Este espacio nace desde el deseo de crecer, de sanar, de recordar lo que siempre supe… y también para acompañarte —si resuenas— en tu propio camino de regreso.

    Gracias por estar aquí.
    Gracias por leerme.
    Gracias por caminar conmigo. Bienvenid@ al viaje de volver a ti.