“Hay caminos que solo se iluminan cuando decidimos regresar al Padre.”

Todos tenemos un padre, un hombre que identificamos como el progenitor de nuestra existencia, al que llamamos papá. Sin embargo, no todos los padres biológicos han sido realmente “padres”. Algunos no han sido el héroe que esperábamos, y es ahí donde quizá se distorsiona la imagen del padre.
Pero también hay otros padres que sí han sido amorosos, ejemplos a seguir, y nos han hecho sentir profundamente amadas. ¿Cierto?
Pues bien, hoy quiero hablarte de ese otro Padre, el que nunca falla, el que siempre ha estado ahí, aunque a veces no lo veamos. Ese Padre es Dios.
Tal vez tú tienes aún a tu padre terrenal contigo, o quizá, como en mi caso, ya partió. Pero nuestro Padre Celestial, Dios, sigue siendo nuestro refugio. Es quien nos ha protegido, disciplinado, abrazado, guiado, sanado, restaurado y bendecido. Nos ha amado de una manera que nadie más en este mundo puede hacerlo.
Hay una historia en la Biblia que probablemente conoces: la del hijo pródigo. La encuentras en Lucas 15:11–32.
Es la parábola de un hijo que pide su parte de la herencia, se va y la malgasta en una vida de excesos. Pero lo hermoso de esta historia no es solo lo que pierde… sino a lo que regresa.
Estos son algunos puntos que me marcaron de esta enseñanza de Jesús:
- Pedimos independencia antes de tiempo, sin entender el valor de lo que tenemos.
- Desperdiciamos la herencia que Dios nos da: Su presencia, Su propósito, Su favor.
- Nos damos cuenta, en medio del vacío, que necesitamos volver.
- Tomamos la decisión de regresar a la casa del Padre.
- Y Él… nos recibe con amor, con los brazos abiertos, sin reproches.
- A veces, otras personas a nuestro alrededor no entienden esto. Juzgan, critican o rechazan nuestra redención, porque no comprenden la alegría del Padre al ver regresar a su hijo que estaba perdido y volvió.
¿Sabes qué es lo más hermoso de esta historia? Para mí, es el arrepentimiento.
Porque el arrepentimiento abre la puerta a la redención. Y Dios no nos espera con desprecio, sino que nos viste con ropas nuevas.
Esto, para mí, es una metáfora: Él nos reviste de dignidad, de perdón, de identidad.
La redención es el regalo más valioso. Ser redimidas significa que alguien pagó un precio por nosotras, y ese precio lo pagó Jesús en la cruz.
Su sangre nos compró, nos restauró, y nos declaró amadas.
Cuando me vi reflejada en el hijo pródigo —porque en algún momento todas lo somos— entendí que volver a mi Padre ha sido la mejor decisión que he tomado en la vida.
¿Y sabes por qué?
Porque ahora veo a Dios como mi Padre, no como un Dios castigador o severo.
Pero sabes algo, Sí admito, que alguna vez lo vi, como un Dios castigador… pero ya no.
Hoy lo conozco como un Padre con un amor eterno, que me ha restaurado desde lo más profundo de mi alma.
En medio del desierto, descubrí que Dios es mi Papá. Y deseo con todo mi corazón que tú también puedas conocerlo así.
Hoy lo veo como mi héroe.
Con amor. Con paz. Con seguridad de que Él está aquí para mí…
Y espero que también esté ahí para ti.
Gracias por estar aquí.
Gracias por leer este blog.
Que Dios te bendiga, y que nuestro Padre te abrace y cuide de ti.

Deja un comentario