
¿Alguna vez has visto cómo se forman las tormentas de arena?
Las tormentas de arena son fascinantes y sobrecogedoras. En Arizona, estas tormentas —llamadas haboobs— aparecen sobre todo entre junio y septiembre, durante la temporada del monzón. Se forman cuando una tormenta eléctrica colapsa y sus ráfagas descendentes (downbursts) empujan una pared de polvo que avanza rápidamente y reduce la visibilidad a casi cero.
Este pasado 25 de agosto de 2025 fui testigo de una de las más grandes de los últimos años en el área de Phoenix. Venía del centro hacia Tempe cuando vi la nube oscura avanzar. Alcancé a llegar a casa; desde la ventana observé cómo aquella pared inmensa cubría la ciudad. En segundos, el cielo se volvió naranja y oscuro en pleno día. Fue impactante. Ese haboob afectó Phoenix, Tempe y Chandler, provocó un ground stop en Sky Harbor (international airport), ráfagas de hasta 70 mph en el aeropuerto y picos de 94 mph en San Tan Valley, además de miles de hogares sin electricidad.
Las tormentas de arena pueden traer vientos superiores a 60–70 mph, polvo fino que irrita las vías respiratorias y visibilidad casi nula; a veces llegan acompañadas de lluvia, rayos y relámpagos. Conducir en esas condiciones es extremadamente peligroso.
Y quizá te preguntes: ¿qué tienen que ver los haboobs conmigo o con tigo? Mucho. Cuando atravesamos tiempos difíciles, hablamos de “tormentas espirituales”. Igual que estos fenómenos llegan de forma inesperada para la mayoría, así también llegan ciertas pruebas a nuestra vida. En medio de esas tormentas es cuando más necesitamos estar cerca de Dios.
Jesús nos dijo en Juan 16:33: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Esa palabra es mi ancla. He aprendido que, aunque enfrente vientos de más de 65 millas por hora, con Dios no me quiebro: puedo doblarme como la palmera, pero no me rompo, porque mis raíces están en Su Palabra y en Sus promesas.
Por eso, cuando atravieso una tempestad, le digo a Dios: “Tú me viste en mi tormenta.” Tú me sostuviste. Y aquí sigo, buscando Tu rostro, confiando en que, aunque no sepa cómo se resolverá todo, Tú tienes el control. Con una sola palabra, cesa el viento.
¿Y tú? ¿Has vivido alguna tormenta así? ¿Se la has entregado a Dios para que Él sea tu faro en la oscuridad?
Mi oración es que, como yo, confíes tus tormentas a Él y dejes que Dios te guíe en cada decisión.
🤍 Que Dios bendiga tu vida.
Gracias por leer este blog.
Gracias por ser parte de este camino y comunidad.

Deja un comentario