Hubo un momento en el que todo afuera se calló. Las voces que antes llenaban mis días –personas, rutinas, expectativas, distracciones– se fueron apagando una a una. Y al principio, lo admito, ese silencio dolía. Tenía el sabor del abandono. El eco de todas las veces que me perdí de mí.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
En ese mismo silencio, empecé a escuchar.
No con los oídos. No con la mente.
Escuchar desde otro lugar.
Al principio eran susurros.
Una sensación. Una certeza sin lógica.
Un sueño con símbolos que no entendía, pero que me despertaba con el corazón latiendo fuerte, como si alguien me hubiese hablado mientras dormía.
Plumas en el suelo. Palabras repetidas en canciones. Un número que se repetía en relojes, matrículas, recibos.
Y comprendí… que el silencio hablaba.
Y lo que decía era: «Estoy aquí. Nunca estuviste sola.»
Dios, lo invisible, lo eterno –como cada quien lo quiera llamar– empezó a dejar migas de pan en mi camino.
No fue una gran aparición. No hubo rayos ni milagros de película.
Fue algo más íntimo. Más constante.
Una presencia sutil que me abrazaba cuando nadie lo hacía.
Cada vez que el mundo me cerraba una puerta, una señal me decía: “Confía”.
Cada vez que me caía, soñaba con volar.
Y así supe que lo que parecía vacío era, en realidad, un espacio sagrado.
El espacio donde lo divino podía por fin entrar.
Hoy ya no le tengo miedo al silencio.
Es ahí donde Dios me habla.
Es ahí donde me vuelvo a encontrar.

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